Más o menos recuerdo los detalles de cuando subí por primera vez aún vagón del METRO, fue en la estación Valle Gómez de la línea cinco color amarilla, que va de Instituto Politécnico a Pantitlán, en los años 80. Esa gran fila anaranjada con su singular silbato “Tururú”, ese aire despeinaba, la prontitud al ingresar, sus puertas amenazantes ante la señal de alarma de que cerrarán y quedar con un gran golpe.
Después el interior era aún más interesante, sus paredes eran color beige, sus asientos tapizados color azul, asientos para dos y también al frente, y junto a la puerta otro asiento individual, su piso color marfil, mis ojos se asombraron al ver como un enorme ventilador giraba en la parte superior. Y una palanca que advertía que no debía jugar con ella, una escalera roja y dos puertas en distintos extremos que nunca abrían.
Y la magia se hizo presente cuando todo cambió de color y las profundidades llegaron, estaba en el túnel de pronto, luces veloces pasaban por los lados, el sonido del rechinar de las vías cuando se proyectaban sobre las ruedas conductoras y todo ensordecía con los diferentes sonidos. Era una fusión de emociones, cuando la velocidad aumentaba, disminuía, el movimiento provocaba la búsqueda del equilibrio.
En menos de dos minutos mi sorpresa encontró los diferentes rostros que me acompañaban en este recorrido por las profundidades de la ciudad de México. Recuerdo bien como apretaba la mano de mi madre, quien me sujetaba fuerte y dándome fuerza para continuar ese viaje, no hablamos me bastó una mirada y comprendí que estaba segura.
Nuevamente llegó la luz al interior. La velocidad con la que viajábamos disminuía. Comprendí que el recorrido había terminado, salimos rápido, casi corriendo porque sonó la alarma que indicaba el cierre expedito de las puertas. Ahora, solo veía como ese tren naranja se iba alejando, volviéndose pequeño y desaparecía en la oscuridad.
Ya caminando en el andén escuché otro sonido que no me era familiar. Era el sonido de la luz que pasaba por las vías. No cabe duda que cuando eres una niña y conoces algo que te impacte no lo olvidas. Aún recuerdo una anécdota que TODA mí familia me hace revivirla. (Aunque en verdad preferiría olvidarla). Cuando eres niña y te hacen la obligada pregunta: ¿Qué quieres ser cuando seas grande? Y yo muy linda dije: “Quiero ser conductora del ¡METRO!”. Pues las carcajadas todavía siguen.
Por fin, al salir de la superficie, circulando por la Av. Río Consulado, de nuevo formados cada uno de los vagones, como ese enorme gusano salía de la superficie y se posaba de manera externa por aquel puente elevado. Vaya experiencia. Le dije a mi mamá si algún día regresaría, ella solo me dijo: “Ten por seguro que... sí”.
Con el pasar del tiempo… ya no me subo con la misma emoción, ahora sufro al abordar ese sistema de transporte público. Pero, ¿por qué sufro?... esa es otra historia queridos lectores… Hasta la próxima.