Cuando estaba cursando mis años de primaria siempre me dejaban y traían, era parte del ritual que mis seis hermanos se turnaran para dicha tarea, encomendada obviamente por mi madre. No por algo había que cuidar a la hermanita más pequeña de la familia.
Cuando di mi salto a la secundaria muchas cosas cambiaron. Después de la sobre protección, ser la consentida y caprichosa. De momento, ya no más caras de enojo con mis hermanos para ver quien iba a dejarme o a traerme, ni que negociar si cargaban mi mochila, lo mejor que ya no me hicieran burla mis compañeros, porque tan grandota van por ella de la mano.
Los trayectos a la secundaría eran los mejores… iba sola. Estudiaba en el turno de la tarde. Me veía con mis amigotas desde las 13:00 hrs., el punto de encuentro: exacto el metro Valle Gómez, así es. Era posarse en el andén, ver como una a una llegábamos. Y solo por bobear porque no hacíamos nada, solo ver como se nos empezaba hacer tarde y corríamos para entrar.
El regreso también tenía su gracia, era salir del salón de clases, estar afuera de las puertas de la secundaria, era genial, porque estaba acostumbrada a que apenas oscurecía y ya tenía que entrar a la casa, pero aquí ya eran las 20:10 hrs., y yo afuera de casa. Me sentía bien mala.
Ya estando en el interior del metro mis amigotas ya se iban con sus noviecitos a sus respectivas casas. Pero yo no, todavía esperaba a que fuera más noche y solo mi amiga y yo. Pasábamos apuntes o hacíamos la tarea para la clase próxima. Hasta que de plano solo veía el reloj, 20:45 hrs. y córrele a la casa.
Y así mas menos fue mi primer año de secundaría, luego hubo un cambio de domicilio, ya no estaba más en mi querida estación, pero la secundaria se encontraba cerca de la estación Misterios, y sí que se volvió misteriosa, ya que pasé a segundo grado y que tal. Llegaron los “amigovios” (jajaja nada más de acordarme hasta me sonrojo pero de risa).
Bueno, al paso del tiempo el metro se volvió parte de mi vida diaria. Ahí me veía con mis compañeros de la “secu”, mi noviecito, para ir a pasear, de pronto era una cosa rara, me encontraba con gente recurrente: las mamás de los compañeros de la primaria y de la secundaria, familiares, ex-compañeros hasta vecinos.
Todos eran conocidos, sabían donde andaba… y lo peor que tenían bien informadita a mi madre de las cosas que hacía. Fue un día que mi hermana se le ocurrió la brillante idea de ir por mi a la secundaria, dieron las 20:45 hrs. Y pues no aparecía, y esa noche maté clase eran las 19:20 hrs. Me fui derechito al metro a jugar unas partidas de UNO, no, no piensen mal es un juego de rol.
Pues ahí estaba con mis “cuates y cuatas”, sentadotes hasta el final del pasillo, entre risas, bromas, varias partidas, veíamos con llegaban trenes y se iban los compañeros, pues que dan las 21:30, y chin!… En eso veo a lo lejos a mi madre; pero con una carota, sí, una tremenda carotota que digo carotototota. Mi brillante hermana a su lado con su cara de: “Ya te chingaste”.
A cada paso sentía como mi noviecito me apretaba el hombro, yo como tardaba de alejarlo de mi y ya no eran pasos eran tremendas zancadas. Ni tarde ni perezosa me levanto en eso llega el tren, le hago la seña de que suban, me dicen No con la cabeza. Que me subo, ellas se acercaban más. En eso abordaron el vagón vecino.
Mi noviecito se quedo paradote a la mitad, mis cuates o los que quedaban con su cara de espanto, yo salvada al menos de que no me regañaran enfrente de ellos. Pero lo que más me dio coraje es que yo iba ganado la partida.
Llegamos a la estación de La Raza, me bajé y asomé entre las personas y ahí estaban. Mi madre me jaló de mi cabellos, su garganta saca un tremendo tono espectral, me dijo: ¡¿Dónde jijos andas?!, tu hermana te vino a buscar y ni siquiera te vio salir de la escuela. Jajaja, me acuerdo; me gana la risa, el numerito no se dejo esperar ante la mirada de las personas.
En esa época que te iban a dejar hablar, cómo explicarle que un juego de rol me hizo perder la noción del tiempo. A partir de esa noche nada de noviecito, la diversión del metro se acabó, nuevamente me dejaban y me traían, mis hermanos se burlaban y mi madre según cuidaba mis pasos del mal camino.
Terminé el segundo año, mi conducta era la misma pero extrañaba la diversión en el metro. Afortunadamente, ya en el tercer año de la secundaria, llegó el nacimiento de mi sobrina, dejé de ser el centro del mundo.
Otra vez el metro apareció, ya tenía un grupo diferente de amistades. Eran unos amiguitos muy queridos, estaba cursando el tercer grado y ellos en segundo, aquí comienza una parte de otra etapa de mi vida… Queridos lectores ya les contaré después. Hasta la próxima.