Desde que conocí a Josué vi en él al ser más hermoso de la Tierra, pequeño, frágil, delgado y sobre todo con facciones tan detalladas que se me figuraba un angelito, pues sí, yo tenía 14 años y él creo que apenas dejaba los 11 años de edad.
Ahí estaba sentadito en el andén del metro Valle Gómez, con su uniforme de Secundaria, su mirada solo ubicaba el piso. No fue difícil hacerlo mi amigo, después conocí a muchos amigos más.
De una manera pronta y genial conocí a Javier, César, Armando, Palomo, Abraham, Ernesto, Mauricio y a Jorge.
Todos ellos se volvieron mis acompañantes de cada noche en camino de regreso a la casa. Es de manera increíble. Cómo me encontraba con esa maravillosa escolta en el metro La Raza de ahí a la estación Misterios.
Éramos un grupo muy padre desde que eran minutos antes de las 14:00 hrs, no era otra cosa que reunirnos. Y en espera de cada uno llegaba al andén desde las 20:20 hrs, hasta las 21:00 hrs. Carajo, como veo esas imágenes en mi mente, el metro La Raza lugar de mi encuentros.
El metro es sin lugar a dudas el mejor lugar de mi adolescencia, ahí corrí por sus pasillos, despedí amores juveniles, comenzaba el encuentro de la vida en esa etapa de secundaria.
Disculpen amigos y amigas de esa etapa a quienes no mencione, porque la verdad ellos son los que mi corazón guarda con enorme aprecio y respeto. De ellos... mis amigos ahora se de dos de ellos Javi y Peguerín, de los demás solo escuché anécdotas, derrotas y triunfos.
Con ellos aprendí a tener un corazón de condominio, a formar amistades que perduran más de 15 años, sí quince años en la lucha constante que es vivir.
Estimados lectores, mis aventuras en el metro siguen pero ya no son divertidas, ahora son agobiantes pero quiero cerrar ese círculo que adoleció. Este es el cierre de ésta trilogía que prometía para más, sin embargo queda mi corazón. Hasta la próxima.